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ACABAR
CON
Acabar con el esclavismo
No pasa una semana
sin que en alguna parte del mundo un blogger sea despedido. El último,
por el momento, un librero británico, que se une a una larga
lista de damnificados por la práctica de la bitácora,
peligroso deporte. Especialmente al parecer (ay) para los periodistas,
pero también para azafatas, soldados, informáticos
o bibliotecarios. Esas empresas decidieron que publicar un blog
(o lo publicado) era incompatible con el empleo. Con ello demuestran
no enterarse de nada; hoy despedir a los trabajadores más
activos y creativos no es una buena idea. El problema es que se
paga a la gente para que esté ocho horas al día en
una silla y simule adorar a la compañía, en una especie
de esclavismo a tiempo parcial. Un sistema en extinción,
porque en la nueva economía las horas de trabajo no valen
tanto como las ideas. Y ésas salen de cerebros.
Todas las empresas que han despedido empleados por escribir blogs
demuestran su propia estulticia. Primero, han cosechado una merecida
mala reputación, por su ignorancia de (y falta de respeto
a) los hábitos de la Red. También por abusar de su
poder, y por carecer de capacidad de encajar críticas (y
de sentido del humor). En un momento en que las empresas más
avanzadas en la gestión del conocimiento proporcionan los
medios a sus propios empleados para que publiquen blogs corporativos,
éstas empresas (algunas, para más delito, del ramo)
coartan la libertad de expresión y crítica de sus
trabajadores. Esa mala reputación de amplio alcance se la
han ganado a pulso.
Aunque lo peor no es la mala reputación, sino lo que el hecho
revela de su concepción de lo que es una empresa. Para quien
despide a alguien porque 'blogea' en sus ratos libres (fuera, por
tanto, del horario laboral) o porque escribe críticas puntiagudas
de la vida laboral la empresa es una jerarquía; una cadena
de mando. El blog es entonces insurrección, ya sea por el
mero hecho de existir, ya porque hace públicos los defectos
de una estructura idealmente perfecta. La compañía
que se cree con derecho a despedir a quien publica pretende controlar
por completo a sus trabajadores dentro y fuera del horario de trabajo,
por dentro y por fuera, ellos y sus pensamientos. Además,
este tipo de empresa no quiere oír ni una sola crítica.
Los empleados más inteligentes huirán de este tipo
de compañías hipercontroladoras, en las que la jerarquía
está por encima de la mejora y el respeto al superior por
encima del cambio razonable. En la enconada disputa por obtener
y retener al talento que es la economía actual, las empresas
que tratan a sus trabajadores como máquinas alquiladas unas
horas al día y exigen absoluta sumisión y obediencia
no obtendrán las mejores candidaturas. Y si algún
inteligente despistado llega a esas costas pronto las abandonará.
¿Por qué elegir una empresa lo bastante tiránica
como para meterse en lo que hago en horas libres? ¿Y además
lo bastante estúpida como para no saber que si lo deseo puedo
hacerlo anónimamente?
Un inversor podría, por tanto, tener sus reservas ante la
práctica, desde el punto de vista de la rentabilidad futura.
Aunque si el problema se analiza un poco más, la preocupación
puede transformarse en angustia. Si una compañía represalia
a sus empleados que critican sus métodos internos... ¿cómo
mejorará su negocio? Si una empresa se dedica a acallar las
críticas manu militari ¿de qué forma eliminará
costes innecesarios o creará nuevos productos?
Algunas de las afamadas prácticas laborales japonesas que
tan buen resultado dieron a compañías como Toyota
eran exactamente eso: un sistema para animar a los empleados a hablar,
para mejorar los usos de las factorías. El resultado al aplicar
estas técnicas es espectacular, porque nadie conoce mejor
que el trabajador dónde se despilfarra tiempo, material y
esfuerzo, y de qué manera reducirlos. Como efecto secundario,
este tipo de prácticas genera ilusión, entusiasmo
y fidelidad en los trabajadores.
No se puede programar o exigir la ilusión, el entusiasmo
o la fidelidad, porque los trabajadores no son máquinas.
Y la economía moderna no es una tanto economía de
máquinas como de ideas; ideas que surgen de los cerebros
de la gente, especialmente cuando están llenos de ilusión,
entusiasmo y fidelidad. Dedíquese a tratar a sus empleados
como máquinas (o borregos) y se comportarán como tales;
su empresa lo sufrirá entonces, en forma de falta de innovación,
ausencia de fidelidad y mal trato a los clientes. Elimine el esclavismo
a tiempo parcial, escuche a sus trabajadores, y quizá descubra
en ellos un potencial económico sorprendente. Las empresas
que despiden bloggers optan por el pasado, la jerarquía y
la apariencia. ¿Optará usted por el futuro?
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